Que en África están pasando buenas cosas (y no solo malas) debería ser evidente. Sirva esto como ejemplo: “De los 20 países africanos que llevan un seguimiento de los estándares de vida a nivel nacional, 16 de ellos han registrado marcados descensos en la tasa de mortalidad infantil”. Michael Clemens lo define como “THE BIGGEST, best story in development”. Como he analizado anteriormente, según los datos del Banco Mundial, la pobreza extrema cae en todo el mundo, un hecho que no tiene precedentes. (Más sobre África he tratado en otros lugares, véase aquí).
Pues bien, Marc Bisbal y yo hemos publicado un artículo recientemente titulado Rwanda’s Economic Success: How Free Markets Are Good for Poor Africans, donde ejemplificamos la afirmación del título con el caso de Ruanda. Un país que durante buena parte del siglo XX estuvo sujeto a tensiones étnicas entre hutus y tutsis, espoleadas por los colonizadores belgas, y que culminaron trágicamente en el brutal genocidio que tuvo lugar en 1994: “It was neighbours killing neighbours”…
The genocide lasted 100 days. Long enough for seasons to change. Long enough for governments to stand by and DO NOTHING (de la película Kinyarwanda)
La importancia de este acontecimiento es crucial, pese al encomiable esfuerzo de fomentar la reconciliación y el perdón entre víctimas y verdugos.
